miércoles, 1 de junio de 2016

Una lengua muy larga

Llevaba tiempo con esto en la cabeza y hace un año lo terminé. Quería escribir un libro que reflejase todo lo que para mí significa enseñar:  allanar el camino, tender lazos entre la lengua de hoy y la de ayer, verle la poesía al lenguaje cotidiano, explicar en qué consiste ser historiadora de la lengua; en suma, y sabéis que es mi lema, quería sacar la Filología a la calle
Y ahora ese libro ha salido y me hace feliz enseñároslo. Os lo presento:
Una lengua muy larga. Cien historias curiosas sobre el español.
Barcelona: Arpa Editores.
978-84-16601-08-0
Se compra en librerías y aquí
Es una colección de 100 historias sobre una historia... la de la lengua española. Está pensado para el público en general: cualquiera podrá comprender las historias que incluyo y leerlas desordenada u ordenadamente. Los capítulos se agrupan en varias partes (Sonidos, Estructuras, Palabras, Textos...) y en cada uno de ellos (cien en total, pero bien cortos) se cuenta alguna cuestión relacionada con la historia de la lengua. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Palabras chancleta

Yo sé que la lengua cambia. Cómo no lo voy a saber, si paso la mitad de mi vida dedicada a explicar y a investigar por qué y cómo los hablantes y la historia que los rodea la hacen cambiar. Y no me considero particularmente purista ante eso que se llama el préstamo léxico. Es más, seguramente soy eso que llaman moderniqui, porque a veces digo too much y otros anglicismos. No pido disculpas por ello. Conozco la riqueza del español y me puedo manejar con o sin estas palabras foráneas.
Quizá porque al explicar el recorrido del español desde la Edad Media hasta la actualidad estoy habituada a ver las corrientes de entrada de palabras nuevas que han ido llegando al idioma: porque surgen necesidades, realidades materiales o conceptos inmateriales para los que se busca una palabra, o porque sencillamente crece el prestigio de lo francés o de lo italiano o, más recientemente de lo inglés... Sé que hay préstamos que salen “desde abajo”, y se extienden luego hasta el estándar y préstamos “desde arriba” (por ejemplo, cuando alguien introdujo en el siglo XV la palabra partícula y esta se extendió desde los primeros usos cultos hasta llegar a la lengua común).
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Yo sé que la lengua cambia. Cómo no lo voy a saber, si paso la mitad de mi vida dedicada a explicar y a investigar por qué y cómo los hablantes y la historia que los rodea la hacen cambiar. Y no me considero particularmente purista ante eso que se llama el préstamo léxico. Es más, seguramente soy eso que llaman moderniqui, porque a veces digo too much y otros anglicismos. No pido disculpas por ello. Conozco la riqueza del español y me puedo manejar con o sin estas palabras foráneas.
Quizá porque al explicar el recorrido del español desde la Edad Media hasta la actualidad estoy habituada a ver las corrientes de entrada de palabras nuevas que han ido llegando al idioma: porque surgen necesidades, realidades materiales o conceptos inmateriales para los que se busca una palabra, o porque sencillamente crece el prestigio de lo francés o de lo italiano o, más recientemente de lo inglés... Sé que hay préstamos que salen “desde abajo”, y se extienden luego hasta el estándar y préstamos “desde arriba” (por ejemplo, cuando alguien introdujo en el siglo XV la palabra partícula y esta se extendió desde los primeros usos cultos hasta llegar a la lengua común).

viernes, 29 de abril de 2016

Organizarse (II): Cinco cosas que no hago

Continúo con mi entrada anterior sobre la organización del tiempo de una historiadora de la lengua. Esta parte que completa el decálogo reúne las cinco cosas que no hago con mi tiempo:
1. No trabajo los fines de semana. Adelantando trabajo el finde no consigues tener mucho menos trabajo, sino llegar cansadísima al lunes y rendir peor. Disfruto con muchas cosas que no son la Historia de la lengua, y la oportunidad para saborearlas con intensidad está en el fin de semana. Un principio asimilable a este me lo aconsejaron hace años: no te permitas ni medio trabajo ni medio descanso.
2. No digo que sí si quiero decir que no. Tengo mi agenda llena, sí, pero puedo decir que todo lo relevante que hay en ella lo quiero hacer. Voy a los congresos que me gustan y publico sobre los temas que me gustan. Desde hace años, además, puedo elegir las asignaturas que me gustan. Eso es una fortuna, lo sé, y una de las razones por las que para mí #FilologíaMola.

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Continúo con mi entrada anterior sobre la organización del tiempo de una historiadora de la lengua. Esta parte que completa el decálogo reúne las cinco cosas que no hago con mi tiempo:
1. No trabajo los fines de semana. Adelantando trabajo el finde no consigues tener mucho menos trabajo, sino llegar cansadísima al lunes y rendir peor. Disfruto con muchas cosas que no son la Historia de la lengua, y la oportunidad para saborearlas con intensidad está en el fin de semana. Un principio asimilable a este me lo aconsejaron hace años: no te permitas ni medio trabajo ni medio descanso.
2. No digo que sí si quiero decir que no. Tengo mi agenda llena, sí, pero puedo decir que todo lo relevante que hay en ella lo quiero hacer. Voy a los congresos que me gustan y publico sobre los temas que me gustan. Desde hace años, además, puedo elegir las asignaturas que me gustan. Eso es una fortuna, lo sé, y una de las razones por las que para mí #FilologíaMola.

sábado, 23 de abril de 2016

Organizarse (I): Cinco cosas que hago

Esta entrada no tiene que ver con la Historia de la Lengua, sino con cómo me organizo mi trabajo de historiadora de la lengua. Ser profesora universitaria es ser también investigadora (escribir libros, artículos, capítulos de libros, reseñas), gestora (en mi caso la gestión se centra fundamentalmente en dirigir mi proyecto de investigación, Historia15), directora (de tesis doctorales, TFG, TFM...), revisora de trabajos ajenos... ¡Y aún no he dicho lo fundamental y más importante!, preparar clases e impartirlas.
En las últimas semanas estoy teniendo una verdadera acumulación de trabajo, tanto del que exige mucha dedicación (terminar de escribir un libro) como del que no necesita gran esfuerzo pero sí roba mucho tiempo (contestar a decenas de correos, completar informes...). Cuando estoy sin tiempo para nada es cuando más me esfuerzo por dedicar un rato a organizarme.
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Esta entrada no tiene que ver con la Historia de la Lengua, sino con cómo me organizo mi trabajo de historiadora de la lengua. Ser profesora universitaria es ser también investigadora (escribir libros, artículos, capítulos de libros, reseñas), gestora (en mi caso la gestión se centra fundamentalmente en dirigir mi proyecto de investigación, Historia15), directora (de tesis doctorales, TFG, TFM...), revisora de trabajos ajenos... ¡Y aún no he dicho lo fundamental y más importante!, preparar clases e impartirlas.
En las últimas semanas estoy teniendo una verdadera acumulación de trabajo, tanto del que exige mucha dedicación (terminar de escribir un libro) como del que no necesita gran esfuerzo pero sí roba mucho tiempo (contestar a decenas de correos, completar informes...). Cuando estoy sin tiempo para nada es cuando más me esfuerzo por dedicar un rato a organizarme.