miércoles, 19 de mayo de 2010

Cuchillos para la carne y para los libros

Hay muchas maneras de destruir un libro. Puede romperse a fuerza de manos, como en esta imagen, muy difundida en 1996: en ella, Marcel Reich-Ranicki, destacado crítico literario alemán, rompía literalmente la obra del novelista Günter Grass Es cuento largo.
Un método clásico es quemar el libro al fuego. Así se hizo con los libros de don Enrique de Villena, un interesante intelectual del primer tercio del siglo XV. Para la historia de la lengua, nos interesa Villena por ser uno de los pioneros en la introducción de cultismos desde el latín y la copia de estructuras morfosintácticas de la lengua madre, según es tendencia común en muchos escritores del XV. Entroncado con la familia real de los Trastámara, se formó en la corte valenciana, se desplazó a la castellana y se casó con María de Albornoz. Aquí las crónicas de la época empiezan a ser oscuras al hablar de él: ¿tenía el rey Enrique II de Castilla relaciones con la esposa de Villena a sabiendas de éste? Dado que el maestrazgo de Calatrava obligaba a su portador a ser soltero, ¿obtuvo Villena ese título a cambio de su silencio y la nulidad de su matrimonio? Este episodio de la vida de Enrique de Villena, su defenestración posterior y su retirada dedicación a la astrología, la medicina y la teología hicieron crecer la leyenda en torno a nuestro personaje, cuya fama póstuma se fue haciendo más oscura con el correr de los siglos: se afirmó que el diablo le había enseñado brujería y terminó siendo llamado “El nigromante”o “El brujo” por las crónicas y las novelas posteriores.
Villena muere en 1434 y el rey Juan II manda inmediatamente requisar y expurgar su biblioteca. El obispo Lope de Barrientos se encarga de seleccionar los libros aprobados, que pasaron a formar parte de las bibliotecas reales y de quemar los libros peligrosos. Sin duda Cervantes tenía los libros quemados de Villena en la cabeza cuando escribió el famoso episodio del donoso escrutinio de los libros de Quijote que veis ilustrado a la derecha.
(La imagen del escrutinio del Quijote está tomada de una fabulosa página web que os recomiendo visitar: el Banco de imágenes del Quijote, dirigido por José Manuel Lucía Megías, en el que hay casi 15000 imágenes de los grabados e ilustraciones que han tenido las sucesivas ediciones del Quijote, españolas y extranjeras; esta imagen procede de una edición de 1737).
Los libros pueden también romperse con cuchillos. Pero es más útil usar éstos para cortar la carne, como nos enseñó el propio Enrique de Villena en su Arte çisoria, un tratado sobre cómo disponer la mesa y cómo cortar (“cisoria”, de SCINDO SCIDI-SCISSUM 'cortar') la comida, una exposición sobre mecánica y protocolo de la que extraigo este fragmento:
“[El cortador] descubra la vianda e taje de aquello que fuere mejor o que sabe que sera mas plazible al Rey o que le demandare, segunt que en los capitulos adelante del cortar delas viandas dire; ponjendo aquella vianda que cortar quiere en otro platel llano, dexandolo al cubierto, como primero estaua; limpie a menudo los cuchillos con que cortare, antes que en ellos cargue o paresca vianda o grosura della, guardandose quanto pudiere de llegar a la bianda conlas manos”.
Un libro se puede destruir por el uso, desmadejado de abrirse en las fotocopiadoras, o por el desuso: decenas de libros transidos de humedad, que hemos visto arrinconados en cualquier cuarto. En nosolodeyod no nos gusta la destrucción de libros y sí su creación: ¿qué libro te gustaría leer y aún no ha sido escrito? ¿Qué libro se debería crear? ¿Qué libro escondido debería resucitarse antes de ser destruido? Deja tu comentario...
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Hay muchas maneras de destruir un libro. Puede romperse a fuerza de manos, como en esta imagen, muy difundida en 1996: en ella, Marcel Reich-Ranicki, destacado crítico literario alemán, rompía literalmente la obra del novelista Günter Grass Es cuento largo.
Un método clásico es quemar el libro al fuego. Así se hizo con los libros de don Enrique de Villena, un interesante intelectual del primer tercio del siglo XV. Para la historia de la lengua, nos interesa Villena por ser uno de los pioneros en la introducción de cultismos desde el latín y la copia de estructuras morfosintácticas de la lengua madre, según es tendencia común en muchos escritores del XV. Entroncado con la familia real de los Trastámara, se formó en la corte valenciana, se desplazó a la castellana y se casó con María de Albornoz. Aquí las crónicas de la época empiezan a ser oscuras al hablar de él: ¿tenía el rey Enrique II de Castilla relaciones con la esposa de Villena a sabiendas de éste? Dado que el maestrazgo de Calatrava obligaba a su portador a ser soltero, ¿obtuvo Villena ese título a cambio de su silencio y la nulidad de su matrimonio? Este episodio de la vida de Enrique de Villena, su defenestración posterior y su retirada dedicación a la astrología, la medicina y la teología hicieron crecer la leyenda en torno a nuestro personaje, cuya fama póstuma se fue haciendo más oscura con el correr de los siglos: se afirmó que el diablo le había enseñado brujería y terminó siendo llamado “El nigromante”o “El brujo” por las crónicas y las novelas posteriores.
Villena muere en 1434 y el rey Juan II manda inmediatamente requisar y expurgar su biblioteca. El obispo Lope de Barrientos se encarga de seleccionar los libros aprobados, que pasaron a formar parte de las bibliotecas reales y de quemar los libros peligrosos. Sin duda Cervantes tenía los libros quemados de Villena en la cabeza cuando escribió el famoso episodio del donoso escrutinio de los libros de Quijote que veis ilustrado a la derecha.
(La imagen del escrutinio del Quijote está tomada de una fabulosa página web que os recomiendo visitar: el Banco de imágenes del Quijote, dirigido por José Manuel Lucía Megías, en el que hay casi 15000 imágenes de los grabados e ilustraciones que han tenido las sucesivas ediciones del Quijote, españolas y extranjeras; esta imagen procede de una edición de 1737).
Los libros pueden también romperse con cuchillos. Pero es más útil usar éstos para cortar la carne, como nos enseñó el propio Enrique de Villena en su Arte çisoria, un tratado sobre cómo disponer la mesa y cómo cortar (“cisoria”, de SCINDO SCIDI-SCISSUM 'cortar') la comida, una exposición sobre mecánica y protocolo de la que extraigo este fragmento:
“[El cortador] descubra la vianda e taje de aquello que fuere mejor o que sabe que sera mas plazible al Rey o que le demandare, segunt que en los capitulos adelante del cortar delas viandas dire; ponjendo aquella vianda que cortar quiere en otro platel llano, dexandolo al cubierto, como primero estaua; limpie a menudo los cuchillos con que cortare, antes que en ellos cargue o paresca vianda o grosura della, guardandose quanto pudiere de llegar a la bianda conlas manos”.
Un libro se puede destruir por el uso, desmadejado de abrirse en las fotocopiadoras, o por el desuso: decenas de libros transidos de humedad, que hemos visto arrinconados en cualquier cuarto. En nosolodeyod no nos gusta la destrucción de libros y sí su creación: ¿qué libro te gustaría leer y aún no ha sido escrito? ¿Qué libro se debería crear? ¿Qué libro escondido debería resucitarse antes de ser destruido? Deja tu comentario...

10 comentarios:

Homo libris dijo...

¡Excelente entrada! Llego aquí por recomendación de una amiga y es para quedarme. :)

Me encantaría leer el libro que sería capaz de crear si supiera qué libro no escrito me gustaría leer. Debería crearse un libro que cambiase el mundo y que nadie pudiera dejar de leer. Tal vez el tan buscado... ¿Necronomicón? :)

Un cordial saludo.

LPR dijo...

El Necronomicón es demasiado arcano y esotérico para mí. Me hubiera gustado poder leer las crónicas semanales que Cyrano de Bergerac leía a su amada Roxanna cuando ésta se recluyó en el convento, me hubiera gustado poder leer la continuación de los versos que Machado llevaba en su bolsillo cuando murió "Estos días azules, este sol de la infancia". Deberían recobrarse los libros que, amenazados por la censura, agonizan en las bibliotecas de muchas dictaduras. Y, muy filológicamente, me gustaría haber podido conocer el primer manuscrito del Cid y del Buen Amor. Bienvenido, homo libris. Espero que aparezcas más veces por aquí.

José María dijo...

Es la primera vez que participo en un blog, supongo que será por la ilusión de la dedicatoria. Muchas gracias. Ya porque estamos acabando (si es que nos libramos de septiembre D.M.), pero me hubiera gustado contar con un manual práctico de Historia de la lengua que exponga con claridad y orden los fenómenos a tener en cuenta en la datación y análisis de un texto. El manual de Ariza no está nada mal, pero sólo son varios comentarios encuadernados, no una verdadera guía de los cambios y su descripción ejemplificada. También se ha mencionado el de Sánchez-Prieto, pero se centra más que nada en el tema de las grafías y posible intervenciones del editor, así que, salvo para casos especializados, resulta árido. Y Torrens... no sé, quizás sea un problema mío con la morfosintaxis.
Sobre el tema de Enrique de Villena y demás fauna del XV y sus artes oscuras, leí durante el año pasado, para un trabajo sobre La Celestina, varios libros sobre la brujería y los arrebatos mesiánicos de tan insignes iluminados como Joaquín de Fiore. ¿Hay algún libro que analice la relación entre las penurias de este siglo con estos fenómenes? Alguno he leído de Marvin Harris o Julio Caro Baroja, pero ninguno que de una visión global sin precipitarse en personalísimas (en el peor sentido de la palabra) teorías anttropológicas, y es que cree el ladrón... pues eso. Por cierto, me hablaron muy bien de un tal Mercia Eliade, o algo así, al respecto ¿alguna recomendación?

LPR dijo...

Bienvenido José María, nuevo blogger. Mi recomendación pasa primero por la lectura de un clásico sobre el siglo XV que da cuenta de los arrebatos simbólicos de los europeos de la Baja Edad Media: "El otoño de la Edad Media" de Johan Huizinga, que pretende ser menos abarcador que los autores que mencionas. Sobre historia de la lengua sí hay un manual de ese tipo, con poca teoría y mucha práctica, pero está en prensa y aparecerá en unos meses: anunciaremos su salida en este blog oportunamente.

MJGF dijo...

Qué miedo dais, bloggeros.
Yo tengo tal lista infinita de libros por leer que pensar en libros no escritos me da dolores. Pero, puestos a pedir, quiero una historia de la lingüística en España, o un historia de la gramática hispánica que incluya América (ahí, arrimando el ascua a mi sardina).
En cuanto a lo más puramente literario, adoro "Tiempo de silencio" por lo que me leería a gusto, si alguna vez se encontraran las novelas perdidas de Martín-Santos.
MJ

LPR dijo...

Puestos a pedir... ¿por qué no escribe o coordina esa historia de la gramática cierta valenciana que escribe en este blog? (Azuzando el ascua, como ves...)

Anónimo dijo...

Como bien supo avistar Pérez de Guzmán, insigne habitante del siglo XV, la ausencia del oficio censorio fue causa de la proliferación de trufas y mentiras paladinas. Que hay libros que merecen la hoguera, es cosa notoria, y sin salir del ámbito de la historia de la lengua, mejor fuera que Alvar y Pottier hubieran dedicado sus ingenios a tareas más útiles que escribir manuales de morfosintaxis.

JRM dijo...

Pues yo daría un brazo, y parte del otro, por poder leer el folio inicial del Poema de mio Cid. Lamentablemente, el libro que me gustaría leer ya ha sido escrito: me refiero, naturalmente, al Quijote de Pierre Menard.

JRM

LPR dijo...

Pues no me atrevo yo a ser tan cruel censora, querido anónimo (¡la próxima vez, firma!). Respecto al folio inicial del Cid... ¿dónde se perdería, qué cuchillo lo cortaría? Cuántas intrigas para novelar.

Iván Pérez Caro dijo...

¿No estará todo aún por escribirse? Si el número de los libros contenidos en la Biblioteca de Babel es infinito, ¿no habrá escrito la humanidad un número de volúmenes perfectamente despreciable?

Algún día quizá me guste ver en mi cajón los montones de folios de los libros que aún estoy por escribir y cuya redacción no se volverá a ver demorada nunca más por culpa de unas oposiciones.

Sin duda, me hubiera gustado que Cernuda hubiera gozado todavía de cuatro o cinco años más de vida para que hubiera añadido siquiera un par más de secciones a los deseos de su realidad.

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