lunes, 19 de septiembre de 2011

Morir por una edición

La semana pasada se celebró en Sevilla el Curso de Edición de Textos y Crítica Textual codirigido por los profesores Rafael Bonilla, de la Universidad de Córdoba, y Giuseppe Mazzochi, de la Universidad de Pavia. Este curso lleva ya tres años celebrándose y es todo un éxito por su carácter práctico y la calidad de sus ponentes (A. Baldissera, P. Pintacuda, A. Alonso y J. M. Micó, además de los propios directores).

En las fotos que he colgado en nuestra galería veréis imágenes del curso y también del escenario donde se celebró: el Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla, en la Isla de la Cartuja. Ahí tiene una de sus sedes la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA, entidad organizadora). La Isla de la Cartuja es muy conocida por haberse celebrado allí la Exposición Universal de 1992. En el Monasterio sito en ella se mezclan las huertas y los edificios de los cartujos (frailes y legos) que vivieron en la soledad de la isla hispalense, las chimeneas-torre de la fábrica de cerámica Pickman (la de las famosas vajillas de la Cartuja) que se instaló allí tras la expulsión de los cartujos en el XIX y las restauraciones, jardines aromáticos y nuevos inmuebles que se hicieron en la Expo para acoger al hoy malogradísimo Pabellón del siglo XV. Actualmente conviven en toda esa lista de edificios el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, el Instituto de Patrimonio Histórico y la UNIA. Es como una colección de bellos objetos decadentes donde el paseante, recorriendo generalmente en soledad los jardines y los corredores, no termina de manejarse, perdido en el atractivo misterio de un monasterio vacío.
La misma atracción hacia algo bello e indescifrable se siente cuando por primera vez uno se enfrenta a un manuscrito o impreso que quiere editar, también perdido sin pistas que ayuden con notas al pie de página, aclaración de pasajes difíciles o transcripción de letras oscuras. Editar un texto es prepararlo para difundirlo, explicado, anotado, bien transcrito. Al otro lado del proceso, el lector que toma un libro debe contar con la información suficiente sobre cómo se ha preparado la edidión, qué texto se ha tomado como base, cómo se ha intervenido... De todas estas cuestiones se ha tratado en el curso, al que asistí un año más atraída por la relación entre la Historia de la Lengua y la Crítica Textual, que es una de mis debilidades investigadoras. En efecto, la Historia de la Lengua no sólo está presente en el proceso de edición para aclarar usos lingüísticos hoy perdidos sino también de muchas otras formas, como creo se puede ver en el libro Historia de la lengua y crítica textual que hace cinco años publicamos un grupo de compañeros de diversas universidades españolas
El profesor Mazzochi pronunció en el curso una frase que me pareció brillante: No podemos matarnos por una variante textual, pero sí morir una edición. Y ese enunciado resonaba en mi cabeza mientras cruzando cada día el puente sobre el Guadalquivir, yendo al curso, acariciaba la idea de coger otra vez los manuscritos y volver a editar. Mmmm...
¿Tenéis alguna queja sobre el editor de algún libro que recientemente hayáis tenido entre manos? ¿Habéis editado alguna vez? ¿Qué podemos pedir y qué debemos impedir a ese intermediario entre nosotros y el texto que es el editor? Deja tu comentario...

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La semana pasada se celebró en Sevilla el Curso de Edición de Textos y Crítica Textual codirigido por los profesores Rafael Bonilla, de la Universidad de Córdoba, y Giuseppe Mazzochi, de la Universidad de Pavia. Este curso lleva ya tres años celebrándose y es todo un éxito por su carácter práctico y la calidad de sus ponentes (A. Baldissera, P. Pintacuda, A. Alonso y J. M. Micó, además de los propios directores).

En las fotos que he colgado en nuestra galería veréis imágenes del curso y también del escenario donde se celebró: el Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla, en la Isla de la Cartuja. Ahí tiene una de sus sedes la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA, entidad organizadora). La Isla de la Cartuja es muy conocida por haberse celebrado allí la Exposición Universal de 1992. En el Monasterio sito en ella se mezclan las huertas y los edificios de los cartujos (frailes y legos) que vivieron en la soledad de la isla hispalense, las chimeneas-torre de la fábrica de cerámica Pickman (la de las famosas vajillas de la Cartuja) que se instaló allí tras la expulsión de los cartujos en el XIX y las restauraciones, jardines aromáticos y nuevos inmuebles que se hicieron en la Expo para acoger al hoy malogradísimo Pabellón del siglo XV. Actualmente conviven en toda esa lista de edificios el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, el Instituto de Patrimonio Histórico y la UNIA. Es como una colección de bellos objetos decadentes donde el paseante, recorriendo generalmente en soledad los jardines y los corredores, no termina de manejarse, perdido en el atractivo misterio de un monasterio vacío.
La misma atracción hacia algo bello e indescifrable se siente cuando por primera vez uno se enfrenta a un manuscrito o impreso que quiere editar, también perdido sin pistas que ayuden con notas al pie de página, aclaración de pasajes difíciles o transcripción de letras oscuras. Editar un texto es prepararlo para difundirlo, explicado, anotado, bien transcrito. Al otro lado del proceso, el lector que toma un libro debe contar con la información suficiente sobre cómo se ha preparado la edidión, qué texto se ha tomado como base, cómo se ha intervenido... De todas estas cuestiones se ha tratado en el curso, al que asistí un año más atraída por la relación entre la Historia de la Lengua y la Crítica Textual, que es una de mis debilidades investigadoras. En efecto, la Historia de la Lengua no sólo está presente en el proceso de edición para aclarar usos lingüísticos hoy perdidos sino también de muchas otras formas, como creo se puede ver en el libro Historia de la lengua y crítica textual que hace cinco años publicamos un grupo de compañeros de diversas universidades españolas
El profesor Mazzochi pronunció en el curso una frase que me pareció brillante: No podemos matarnos por una variante textual, pero sí morir una edición. Y ese enunciado resonaba en mi cabeza mientras cruzando cada día el puente sobre el Guadalquivir, yendo al curso, acariciaba la idea de coger otra vez los manuscritos y volver a editar. Mmmm...
¿Tenéis alguna queja sobre el editor de algún libro que recientemente hayáis tenido entre manos? ¿Habéis editado alguna vez? ¿Qué podemos pedir y qué debemos impedir a ese intermediario entre nosotros y el texto que es el editor? Deja tu comentario...

4 comentarios:

Miguel dijo...

Yo reeditaría ese palimpsesto que es el Monasterio en otras partes de Sevilla. (O quizá no. Esa edición de isla merece seguir siendo así de única y así de apócrifa.)

Miguel dijo...

Al editor le pediría, ya en materia, que componga bien la página aunque tal vez no le agrade, como el tipógrafo de 'Los justos' de Borges.

Blanca dijo...

Buenos días a todos:
como asistente al curso de crítica textual coincido con Lola en la calidad del mismo, muy completo (30 horas que han dado para mucho) y con buena organización y atención por parte de los directores y profesores. En fin, muy recomendable, sobre todo para los que están empezando en esto, como yo.


Una de las ediciones que más me gustan es la del Poema de mio Cid de Alberto Montaner, recién reeditada por la RAE, ampliando la publicada en Galaxia Gutenberg. Es de las ediciones más completas con las que he trabajado (además ahora con la reedición de la Academia es mucho más asequible de lo que era en Crítica o Galaxia). Cuenta con un aparato crítico monumental (creo recordar que el profesor Montaner fue el último que tuvo acceso al manuscrito original).
Sin embargo, me decepciona que una reedición se venda como un trabajo nuevo, pero es algo que tiene más que ver con el marketing de las editoriales que con los mismos editores.

Un saludo,
Blanca.

Anónimo dijo...

Solo las mujeres merecen verdaderamente que alguien muera por ellas, y antes daría al fuego mi biblioteca que entregar mi vida por una edición (salvo que sea anterior a 1500, claro). Ahora bien, por una variante textual, si que hay matar se mata, buenos estamos para ceder en los aparatos críticos, que es donde se dirimen las blandas y no tan blandas querellas de los editores. Mis quejas, y aquí aprovecho para verter mi flema, van hacia los editorzuelos bárbaros y literatos ignaros que editan los clásicos sin haber saludado siquiera la gramática castellana, aquellos que veneran las v-b-u como grafías sacrosantas y abominan de todo criterio de regularización gráfica, a los que, sin haberse graduado en leyes ecóticas pretenden ser maestros de cánones, plagian el trabajo ajeno, soliviantando a las claras mugeres, y cuelan de rondón el propio, abominan de las ediciones críticas o reconstruyen la "a" del OD en textos del siglo XIII, que como las meigas, haberlos haylos.

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