sábado, 9 de febrero de 2013

24 horas en la vida de un imperfecto


Como cada mañana, el imperfecto se despierta pensando que es incapaz de hacer nada solo. Sale de la cama y dice: Mientras dormías, soñaste cosas. Su pareja contesta: Me gusta cómo me das el trasfondo para que sueñe. El imperfecto de indicativo lo tiene asumido: es capaz de pintar un escenario (estaba oscuro), de hablar del tiempo (llovía), pero no puede expresar lo que alguien hizo cuando esas cosas pasaban.
Para eso el pretérito perfecto es fulminante, rapídisimo, tajante como la perfección. Soñaba, creía y vivía son, cosas de la vida, acciones imperfectas.
A media mañana, y en clase, el imperfecto es un contenido que enseñar en la asignatura de Historia de la Lengua: se explica que la terminación latina (-BAM) se partió en dos en español (aba 1.ª conjugación / ía 2.ª y 3ª conjugación). Pero en otra clase, la de una guardería, un niño dice entonces me creíba e iguala las terminaciones, tumba a la etimología y hace vencedoras a la similitud y a la analogía. Alguien lo corrige y desbarata a ese nuevo imperfecto del español; no pasa nada: dentro de poco, otro niño volverá a crearlo.
Tras la comida, un imperfecto de cortesía (yo quería un café) deja lugar y tiempo para la evocación. En la serenidad de la sobremesa alguien recuerda para sí un romance (Yo me era mora moraima / morilla de un bel catar...). Recuerdo la frase de Antonio Machado: “Del imperfecto brotó el romance en Castilla” y desde casa se me va el pensamiento a Toledo donde alguien dice veniemos por veniamos, con el ie que era normal para imperfecto en la Edad Media castellana; escondida dialectalmente hay viva mucha lengua antigua.
Por la tarde y tras la merienda, el imperfecto se alborota, es el de los juegos, el de un niño que juega a la simulación en el patio y dice a su amigo: Yo era un ladrón y tú me perseguías, y luego yo me escondía en un bosque, ¿vale?
Por la noche, aparece el imperfecto de la cena, en el que contar las mil cosas de un día normal, de nuevo el imperfecto del escenario secundario: Me estaba leyendo el libro 24 horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig cuando pensé que debía escribir esta entrada del blog y que alguien como tú dejaba su comentario...

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Como cada mañana, el imperfecto se despierta pensando que es incapaz de hacer nada solo. Sale de la cama y dice: Mientras dormías, soñaste cosas. Su pareja contesta: Me gusta cómo me das el trasfondo para que sueñe. El imperfecto de indicativo lo tiene asumido: es capaz de pintar un escenario (estaba oscuro), de hablar del tiempo (llovía), pero no puede expresar lo que alguien hizo cuando esas cosas pasaban.
Para eso el pretérito perfecto es fulminante, rapídisimo, tajante como la perfección. Soñaba, creía y vivía son, cosas de la vida, acciones imperfectas.
A media mañana, y en clase, el imperfecto es un contenido que enseñar en la asignatura de Historia de la Lengua: se explica que la terminación latina (-BAM) se partió en dos en español (aba 1.ª conjugación / ía 2.ª y 3ª conjugación). Pero en otra clase, la de una guardería, un niño dice entonces me creíba e iguala las terminaciones, tumba a la etimología y hace vencedoras a la similitud y a la analogía. Alguien lo corrige y desbarata a ese nuevo imperfecto del español; no pasa nada: dentro de poco, otro niño volverá a crearlo.
Tras la comida, un imperfecto de cortesía (yo quería un café) deja lugar y tiempo para la evocación. En la serenidad de la sobremesa alguien recuerda para sí un romance (Yo me era mora moraima / morilla de un bel catar...). Recuerdo la frase de Antonio Machado: “Del imperfecto brotó el romance en Castilla” y desde casa se me va el pensamiento a Toledo donde alguien dice veniemos por veniamos, con el ie que era normal para imperfecto en la Edad Media castellana; escondida dialectalmente hay viva mucha lengua antigua.
Por la tarde y tras la merienda, el imperfecto se alborota, es el de los juegos, el de un niño que juega a la simulación en el patio y dice a su amigo: Yo era un ladrón y tú me perseguías, y luego yo me escondía en un bosque, ¿vale?
Por la noche, aparece el imperfecto de la cena, en el que contar las mil cosas de un día normal, de nuevo el imperfecto del escenario secundario: Me estaba leyendo el libro 24 horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig cuando pensé que debía escribir esta entrada del blog y que alguien como tú dejaba su comentario...

9 comentarios:

Itzall dijo...

Qué forma de contarlo, Lola! La verdad es que desde el colegio he estudiado que el imperfecto es la forma de la narración, pero nunca me había dado cuenta de que el imperfecto solo queda incompleto... Así que menos mal que le has dado una pareja :)

Sara

Andrés dijo...

Qué buena entrada, Lola. Te ha quedado PERFECTA. Un saludo

LPR dijo...

¡Gracias! Esperaba (imperfecto) algún comentario.

Patricia Manzano dijo...

Ahora sé porqué me ENCANTABA ir a tus clases. Siempre me DEJABAS sorprendida... :)

Narciso Rojas dijo...

Muy buena entrada Lola. El párrafo del imperfecto de los niños es genial.

LPR dijo...

Gracias a ambos.

Pilar Retamar dijo...

Quiero agradecer a no solo yod una vez más entradas como ésta que despiertan sentidos escondidos y amuermados en los hombres y mujeres de ciencia. Donde la evocación, lo subliminal, la esencia de muchas cosas no tienen cabida. No solo yod sigue despertando en mi algo olvidado cada vez que lo leo. Gracias.

Esther Puerto dijo...

Iba a cerrar el ordenador cuando vi una notificación de tu blog...genial.

Anónimo dijo...

Y cuando por la noche se ponía llorón, la madre del imperfecto se quejaba: "Él me daba a mí la noche... él me la daba..." :)

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